LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y LA POLITICA
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Se suele afirmar que los medios de comunicación
constituyen un cuarto poder, que gozan de una gran capacidad de
fiscalización e incluso de oposición política, pudiendo llegar a
ocasionar la dimisión de altos funcionarios del Estado. Es cierto, en
muchas ocasiones colocan el reflector sobre los temas más candentes,
denuncian hechos irregulares, incitan para que se pongan en marcha
actividades estatales, y obligan a los responsables a dar explicaciones.
Pero es un poder limitado, con pocos controles, muchas coacciones y
donde se juegan múltiples intereses.
La
política y el gobierno se transformaron con la radio, es celebre la
frase, en la película El discurso del Rey, donde de Jorge V de
Inglaterra, dice: “En el pasado todo lo que un Rey debía hacer era lucir
respetable en uniforme y no caer de su caballo. Ahora debemos invadir
los hogares de la gente y consagrarnos con ellos. Esta familia se ha
convertido en la más baja de todas las criaturas, ¡nos hemos convertido
en actores!”. Podría decirse que a partir de la radio la política se
convirtió en un nuevo espectáculo y los actores mejoraron su posición
social.
Las democracias no solo eligieron a los representantes del
pueblo, sino que obligaron a parlamentarios y presidentes a representar
los nuevos roles de poder. Las transmisiones de televisión mostraron a
jefes de Estado solemnes y graves comunicando decisiones a sus pueblos,
pero no se tardó mucho en comprender que los medios de comunicación
masiva tenían un inmenso potencial político y propagandístico. Los
dignatarios estatales y los políticos abandonaron los estudios de
grabación y posaron audaces en las más diversas situaciones, poco a poco
se fueron convirtiendo en actores y … los actores en políticos,
confundiendo la notoriedad con la capacidad.
Se borraron las
fronteras de lo auténtico con lo representado, de la misma forma que el
deseo de éxito pervirtió el arte. Entonces, ya no se presentaron
programas ideológicos y plataformas de gobierno, en su lugar se acudió a
las encuestas y a las mediciones de favorabilidad, para construir el
discurso que los ciudadanos quisieran oír. Guy Debord denunció la
sociedad del espectáculo, donde todo se convierte en mercancía y donde
todo cumple con un propósito predeterminado. Los periódicos dejaron de
ser medios de difusión política y pasaron a ser instrumentos de grupos
económicos, como muchos otros medios de comunicación.
Las
nuevas tecnologías irrumpieron con los teléfonos inteligentes y las
redes sociales, la información se descentralizó y los usuarios pudieron
ser emisores de opinión y de información. Ahora, el vértigo de los datos
virales es tan intenso como efímero. Muchos quisieron ver en las redes
sociales una de las principales causas de la primavera árabe, pero lo
cierto es que tienen una gran capacidad de difusión pero muy poca de
organización, como para derrocar gobiernos e imponer democracias.
La
diversidad de medios alternativos sugieren una mayor dificultad para la
censura. Sin embargo, los poderosos se las ingenian. Primero está la
autocensura, donde periodistas y formadores opinión se sustraen para
evitar supuestas represalias. Después, están los ingentes presupuestos
de publicidad oficial, que implican al menos una moderación editorial.
Además, están las licencias, los permisos, las concesiones, los
impuestos de determinados insumos, que sirven de medios de coacción
contra los comunicadores. También hay interceptaciones, filtraciones,
hackers, bloqueos a páginas web y diversas formas de ataques
informáticos.
Sin embargo, el espectador poco se percata de las
estrategias, las investigaciones (big data) y los preparativos previos a
la presentación del espectáculo, no advierte los sesgos ni las
manipulaciones, mucho menos los distractores y las omisiones, olvida la
sentencia de Marshall McLuhan consistente en que “el medio es el
mensaje”, por el contrario, se siente participe de una opinión masiva en
construcción, a tan solo un clic en su teléfono móvil.
En fin,
las tecnologías han influido de manera determinante en la política,
mermando autenticidad y sumando teatralidad, haciendo más participe al
ciudadano, pero no por ello más autónomo ni determinante, por el
contrario, cuanto mejor y más sofisticado sea el show, más manipulación
hay para el espectador.
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